Buenos días, provencianos y amigos de otras localidades.

Por aclamación popular, y mientras que finaliza la edición del vídeo de la «Coronación de la reina y damas de la Feria y fiestas 2015», incluimos en esta nueva entrada el pregón de D. Santiago García Peña, pregonero mayor de nuestras pasadas fiestas patronales. Esperamos que lo disfrutéis.

Un saludo y feliz fin de semana.

«EL PROVENCIO: PREGÓN FERIA Y FIESTAS 2015

1. Introducción

Alcalde, concejales y párroco de El Provencio, Presidente de la Diputación de Cuenca y demás autoridades, Reina de las Fiestas y Corte de Honor, alabarderas de la Virgen del Rosario y San Roque, familia, amigos, paisanos y visitantes, buenas noches y gracias por estar aquí en esta fecha tan especial como esperada para todos los que, de una u otra forma, nos sentimos provencianos.

No puedo dejar pasar la oportunidad de agradecer públicamente el cariño y apoyo constante que cada día recibo de mi pareja, que tanta paciencia tiene conmigo; de mis padres, a los que debo que me hayan inculcado valorar cada día el trabajo y el sacrificio que me han permitido alcanzar cada meta que me he propuesto; de mis hermanos; y de mis abuelos.

Quiero expresar mi agradecimiento a la Corporación Municipal y, en particular, a nuestro alcalde por haber pensado en mí, un provenciano más, para oficiar en esta señalada noche el pregón de inauguración de las Fiestas Patronales en honor a la Virgen del Rosario, San Roque y el Santo Niño del Remedio en este año 2015.

Os puedo asegurar que nunca olvidaré el día en que recibí aquella llamada, tan especial como inesperada, en la que Julián me ofrecía la oportunidad, reto y honor a partes iguales, de ser, en cierto modo, protagonista de las Fiestas del pueblo que me vio nacer, donde he pasado toda mi infancia, y que siempre llevaré en mi corazón.

Este honor me ha supuesto tener que enfrentarme a un folio en blanco, y créanme, no es fácil contener las emociones cuando uno rebusca entre tantos y tantos recuerdos, anécdotas e historias que poder contar en una ocasión tan especial como ésta, ni tampoco evitar esa flojera en las piernas al pensar si podré estar a la altura de las circunstancias; nervios que no han ido sino haciéndose más y más reales conforme se iba acercando este momento.

Así, día a día, y con la sencillez que mi pueblo me ha inculcado, fui trazando este pregón. En primer lugar, traté de plantearme qué significa y ha significado en mi vida El Provencio, su gente y todo aquello que lo hace para mí, y seguro que para todos los aquí presentes, un lugar mágico.

2. El pueblo y su gente

¿Qué puedo contar de la historia de El Provencio a su gente?, pues ¡Qué es la historia sino el rastro del hombre en su tierra!, huella, que permanece en sus calles, sus plazas, y en cada rincón de sus campos; enseñanzas de nuestros abuelos, y de los abuelos de éstos; sentimiento anclado en el corazón de todos aquellos aquí nacidos, aquí criados, y que aquí entregan sus días para mantener esa historia más y más viva; historia que, por supuesto, también ha sido escrita por aquellos que, aunque nacidos en otra tierra, estuvieron y se empaparon de la tradición de un pueblo forjado por la humildad, el buen quehacer y la hospitalidad de su gente.

A todos y cada uno de vosotros me dirijo esta noche, pues estoy seguro que desde el más anciano de los niños hasta el más joven de los ancianos sabe de qué estoy hablando, y hacia ellos mi gratitud y respeto por  todos los que un día tuvimos que marcharnos para alcanzar nuestros sueños, ya que siempre estaremos en deuda con los que, desde vuestros quehaceres diarios, empujáis para hacer que noches como éstas sean posibles, y que lográis que la esencia de nuestro pueblo siga viva para cuando nosotros decidamos volver y disfrutar.

En particular, me gustaría destacar el espíritu emprendedor e inquieto de aquellos de vosotros que con esfuerzo y dedicación nos regaláis el fruto de los viñedos que ocupan nuestros campos, y que habéis conseguido que El Provencio y nuestro emblema, Canforrales, sea conocido a nivel nacional e internacional. Firme trabajo reconocido por todos y premiado por los más entendidos.

En el éxito de nuestro vino es sin duda labor imprescindible la de nuestros cazadores, representados por la Sociedad de Caza y Tiro.

Muestra de nuestra pasión es nuestro amor por la cultura. Buena prueba de ello es la celebración del 120 aniversario de nuestra banda. Asociación Musical “Nuestra Señora del Rosario” que nos alegra las fiestas con sus pasacalles y marca el paso de nuestras procesiones y el compás de nuestros bailes del “puñao”.

Tradición; como la de nuestra Tuna y nuestra Banda de Cornetas y Tambores, que se mezcla con la innovación con que nos sorprenden nuestras charangas “Menudo Subidón” y “El Caos”. Sin pasar por alto el papel fundamental de la Escuela Municipal de Música y Danza en la educación de nuestros jóvenes.

Tradición y devoción; valores recogidos en nuestras cofradías y hermandades, que desde pequeño he vivido como hermano del Santísimo Sacramento.

Compromiso; reflejado en la labor del Ayuntamiento y del resto de Asociaciones, Cooperativas y pequeñas y medianas empresas que colaboran y participan en esta Feria y Fiestas para que no se escape el más mínimo detalle.

Labor social; la que desinteresadamente viene realizando la Asociación de Mujeres “Maribel Aguado”; o la que desde hace diez años se refleja en aquellos que organizan, colaboran y participan en la “Operación cuchara”.

Compañerismo, sacrificio y capacidad de superación; que nos transmiten nuestras escuelas y clubes deportivos: Manchego Provencio y Veteranos, “Záncara Runners” y ”Záncara Mountain Bike”.

Orgullo; de todos aquellos que como yo llevamos por bandera el nombre de El Provencio y lo damos a conocer allá donde vamos. 

Alegría e ilusión; con la que el club de la Tercera Edad, agrupa a los adultos y mayores con fines recreativos y sociales, y que tantas actividades siempre organizan para las Fiestas.

Por último, no puedo olvidar el papel de los más mayores, que desde su experiencia nos enseñan valores tan importantes como el respeto, el cariño incondicional y la serenidad. Con su fortaleza y sensibilidad, su sonrisa y su paciencia infinita, son a la vez pilar fundamental y red de seguridad para todos los demás.

3. Mi niñez

Queridos paisanos, echando la vista atrás, con muchos de vosotros me crié en estas calles, correteando por las escuelas, por las Avenidas, saltando por las eras o salpicándonos en el río.

Son muchas las anécdotas que podría contaros sobre mi niñez. Y aunque podáis pensar que no he roto un plato en mi vida, siempre recordaré gamberradas como cuando hicimos un agujero en el patio de mi casa, con un destornillador y un martillo, para jugar al guá, y la gracia que le hizo a mi padre; varias veces. O la cara que se le quedaba a mi madre cuando salía de casa con un balón y dos bombonas de butano, y de las naranjas; porque claro, necesitábamos porterías.

Todos sabemos que en El Provencio los juegos acababan cuando se iba el del balón, cuando la pelota “se colaba” o cuando alguno de nosotros acababa llorando; aunque cuando veías venir a tus padres, se te quitaban las ganas.

Lo más divertido estaba por venir; si no era suficiente con un hermano, mis padres me regalaron un segundo; y ya sabéis cómo son los pequeños, aliados a la hora de prepararlas y enemigos al repartir culpas. Poco a poco fuimos acabando con la vajilla de mi madre, las ventanas del patio, el cristal de la mesa del salón, los jarrones…, y como traca final, el televisor.

Aquellas noches, en las que como salvajes, al saltar los plomos se iniciaba una batalla campal para conseguir lo más valioso de la casa, el mando de la televisión…, y tantos otros recuerdos de cómo más de una vez acabamos con la paciencia de mis padres.

Pasaban los años, y esos juegos de niño dieron paso a otras inquietudes. De aquellas inocentes noches de verano en la calle Cuchillas a desempolvar los vespinos de nuestros padres, enamorarnos, ver con otros ojos a aquellas niñas que habían crecido más rápido que nosotros, y participar de alguna que otra hazaña o inconciencia, que tantas y tantas veces los amigos hemos recordado por estas fechas.

Con la intensidad y el ritmo trepidante que caracteriza a este pueblo, mi niñez pasó en un abrir y cerrar de ojos.

4. Adolescencia

Con sólo catorce años, perseguir los sueños de un futuro mejor me arrancó de estas tierras, alejándome de mi casa, de mi familia y amigos. Me arrancaron de cuajo, pero no me troncharon, porque conmigo vinieron mis raíces y los buenos consejos de la gente que me quiere y me apoya.

En tan solo unos meses, cambié a D. Juanjo, D. Alfredo y Dña. Teresa, por los curas; tirar piedras a las chicas en el patio de las escuelas, por rezar antes del desayuno y después de cada cena; y lo que al principio fue más duro, estar en clase con mis amigos de siempre por convivir con gente totalmente desconocida. Pero es justo recordar que el Seminario también tuvo cosas buenas, porque al menos me libré de seguir atando la bici en aquellas vallas verdes de las escuelas con miedo a que se la llevaran los “quintos”, y, además, siempre quedarán aquellos viajes en tren con los del pueblo cada fin de semana.

Pero no, al final resultó que “no iba pa cura no”, y aunque más de una hermana me hacía ya obispo de Marcelén o diácono de la Jaraba, acabé en la Laboral, y pasé del latín a la física, el dibujo y las matemáticas.

Fueron años inolvidables, de llegar al pueblo cada viernes, dejar la maleta en casa y salir con los amigos. De cervezas los viernes, calderetas los sábados y almuerzos los domingos; cuando los cumpleaños se celebraban en las huertas y duraban todo el fin de semana.

Mi etapa en Albacete acabó; y sin tiempo para darme cuenta, me vi en la capital, cual Paco Martínez Soria, con más pena que gloria, y en la maleta más comida que ropa, porque claro madre, en Madrid, no hay tiendas.

Conocía Madrid, claro que sí, pero una cosa era ir siempre con la familia, y otra, diferente, es que te dejen allí a tu suerte, con la presión de tener que estudiar o más bien aprobar, si querías un futuro mejor, y que tus padres no te tiraran de las orejas.

Los compañeros de clase se partían de risa conmigo. Era ese chico raro de pueblo que llegaba a Madrid, con un humor diferente, que se reía de lo que a ellos les parecía serio, y que no se inmutaba cuando ellos se doblaban de la risa.

Todavía recuerdo cuando la primera semana de clase, perlas como “ea”, “no ni na”, “miaque eres bacín”, “no me seas cansino” y “estás más blanco que el enjalbiegue” dejaba sin palabras a más de uno, pero con la espontaneidad y simpatía que nos caracteriza a los provencianos, conseguí ganármelos día a día.

En aquella clase, con aquella gente y con algún que otro amigo provenciano aquí presente, empecé a conocer y sentir Madrid. Una bella ciudad, sí, pero de locos, donde vas corriendo a todas partes aunque no tengas prisa.

En esta época, echaba mucho de menos el pueblo, y vivía cada verano como si fuera el último. No puedo olvidar las noches que, junto a mis hermanos, pasaba tumbado en el patio de mi casa para ver las “Lágrimas de San Lorenzo”, el día de Santiago después del trabajo, cuando nos reuníamos familia, vecinos y amigos, recorrer los caminos buscando una balsa donde bañarnos, coger cangrejos, los campeonatos de fútbol de verano y la esperada disco móvil que nos anunciaba y preparaba para las fiestas que estaban a punto de llegar.

5. La feria

Desde pequeño, la Feria ha sido el mejor de los regalos. Los Gigantes y Cabezudos, el comienzo de las fiestas anunciado por la pólvora que podía ver desde mi casa, la música de la banda, la iluminación, las calles y balcones vestidos de fiesta con banderas, las casetas de tiro, la tómbola, los puestos y las atracciones, donde disfrutábamos y volvíamos locos a nuestros padres para que siguieran, una y otra vez, montándonos en ellas. El rico olor de los pollos, las patatas, los churros con chocolate, del turrón, las garrapiñadas, o el rosado algodón que nos hacía llegar a casa tan pegajosos, que no había por dónde cogernos. 

Ir a los toros con los amigos, con nuestro sombrero de paja, nuestra nevera y nuestra calabaza; y participar en los numerosos campeonatos y actividades que se organizaban: ping-pong, bádminton, fútbol 3×3, ajedrez, natación y tiro de reja; que con orgullo le llenaban a mi madre el salón de medallas y trofeos como si de unas Olimpiadas se tratara.

Actualmente vivo otros tipos de feria: el reencuentro con los amigos y la familia; comer, divertirnos y sentirnos anfitriones, todos los provencianos, al recibir a tantos forasteros que a nuestro pueblo llegan, y poder difundirlo como escaparate comercial, lúdico y cultural, sin apartarnos de las tradiciones religiosas, como la ofrenda a la Virgen, las subastas en la puerta de la iglesia, las procesiones y las misas solemnes.

Todos los años me reservo las vacaciones, y siempre que puedo me escapo de la vorágine de la ciudad y vuelvo a mi pueblo. Si las partidas son tristes, con el pensamiento puesto en los seres queridos que atrás quedan, las vueltas se convierten en una fiesta para aquel que conoce y ama a El Provencio y a su gente.

Hay un tema que no puedo pasar por alto, y es nuestra gastronomía: las gachas con forro, los caldo-patatas, los potajes de Semana Santa, la caldereta, las langostas, el morteruelo, el ajoarriero… Para los galgos tenemos dulces que no me han sabido igual en otros lugares, como las tortas de manteca, las torrijas, las tortas de San Julián, los rolletes, el arroz de polvorín…, y así podría seguir toda la noche. Sólo espero que como yo, disfrutéis en las fiestas, de todos estos placeres que ofrecen nuestras cocinas.

6. Despedida y cierre

Provencianos, la vida es un viaje. Un día nos subimos a un tren y empezamos a viajar. Camino que atraviesa etapas muy diversas. Hay tormentas, lluvias, nieve… Hay días soleados que nos permiten ver paisajes de gran belleza. Hay momentos en los que el tren se detiene y no sabemos si continuará.

Viaje único que solo sabemos que un día se acaba, pero no sabemos en qué momento nos tendremos que bajar. Está en nuestra mano el disfrutarlo, guardar en el recuerdo los sitios preciosos que vamos descubriendo y esperar con ilusión la siguiente estación.

Estos días son una ocasión estupenda para acordarse de los viajeros que dejaron el tren. De los que no conocimos pero hemos llegado a querer a través de los recuerdos de aquellos que pudieron disfrutarlos. De los que nos acogieron cuando subimos al vagón, nuestros abuelos, padres, tíos…, nos hicieron como somos. Con sus decisiones y acciones, acertadas o equivocadas, actuaron con nosotros lo mejor que pudieron y supieron sobre la base de su educación, sus valores y sus creencias. Y es un motivo para estar agradecido.

Para terminar, quisiera romper una lanza por la mujer provenciana, las que como mi madre han sabido estar a las duras y a las maduras, las que han echado siempre un par, las que han trabajado fuera y dentro de casa, las que han tirado de maridos e hijos y las más comprometidas con el pueblo, y encima, han sido siempre muy buena gente, muy competentes y muy guapas.

Y ya sí me despido: sólo me resta pediros que salgáis a pasarlo bien, a disfrutar del ambiente festivo, del baile, de la comida y de la compañía de vuestros seres queridos. 

Provencianos y provencianas, los de nacimiento, los de adopción y los de corazón: Felices Feria y Fiestas 2015.

¡Viva vuestra alegría, viva nuestra pasión, Viva El Provencio!

Muchas gracias».

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